Lorenzo

 Saludos, mis estimados lectores...


                                         Lejos de los politiqueos con los que os he venido dando caña en estos días, mi plan para hoy es el de compartiros y brindaros otro tipo de entretenimiento, de éstos de corte fabuloso y con las tres "b", a través de un relato. De esta forma, variamos un poco el contenido, y no nos aburrimos viendo las mismas cosas de siempre; y vaya, que así tenemos algo nuevo y diferente por aquí, que siempre viene bien  eso- sobre todo, de cara a aquellos que tengan interés en publicar en este blog: para que puedan comprobar que hay cabida para todo tipo de publicaciones... 

Sin más dilación, expresadas esas cuestiones, procedo a contextualizar un poco con respecto al relato con el que pretendo, os deleitéis un poquito en el día de hoy... Y es que vaya, ayer entre otras cosas, estuve dedicándome a colocar un poco mi habitación; y en ésas, mientras me ocupaba poniendo orden a unas cajas que tengo para almacenar documentos, me apareció un informe que un amigo mío hubo de escribir cuando realizaba investigaciones por aquestos lares de La Campiña... Éste, desde luego, y a diferencia de otros que me llegó a mostrar, me puso siempre los pelos de punta, por dos motivos: el primero, por el asombro de las aventuras que él, y muchos como él llegaron a vivir en tiempos en los que servidor era tan solo un niño de teta; el segundo, por el contrario, es algo que vosotros, mis estimados lectores, habréis de ver con el seguimiento de las líneas que a continuación plasmaré.

Así, con el contexto expresado, damos, pues, paso al relato de este amigo mío... 

Ah, y estimados lectores, una cosa: a vosotros os corresponde determinar su natura, si es ésta veraz o por el contrario, más falsa que las gentes traicioneras al nivel de Judas Iscariote... Yo, desde luego, lo tengo claro. 😉

                          Comienza el relato...

22 de agosto, año 2 002. En estos momentos, me encuentro en España, realizando una labor de investigación para el Gobierno de mi país, Reino Unido, que tiene interés con respecto a un fenómeno un tanto curioso: resulta que, en La Campiña de Guadalajara, hay un lugar, dejado de la mano de Dios, del que han llegado ecos sobre la drástica reducción de la población durante los últimos 80 años... 

Las fuentes oficiales del Gobierno español no reflejan nada al respecto; y algunos expertos que han llegado a ser conocedores de tal fenomenología afirman, para no darle más vueltas al asunto, cosas tales como que lo que sucede es que tal pueblo de esa zona de la región de Guadalajara hubo de enfrentarse siempre a unas adversas condiciones; es decir, que a diferencia de las poblaciones vecinas, no se vio favorecido en los devenires de la más reciente Historia del país ibérico... Extraño, la verdad. Y también es curioso, ya que algunos de esos "expertos" parecieran no haber pisado por aquellos lares; dicen tener mucha idea, pero se nota a mil leguas que no es así...

Por el contrario, y a diferencia de esos charlatanes, yo sí he de acudir a dicho lugar, para ver en primera persona , de primera mano, qué está sucediendo. De la misma, me llama especialmente la atención su topónimo: Lobera del Arroyo. De todas formas, no es muy discorde con respecto a la zona de La Campiña en donde se ubica, entre la Villa de Quer y Usanos: por allá, por lo que se me dijo, me consta la existencia de algún que otro riachuelo que otorga algo de humedad a esas tierras áridas, y secas...

La verdad, espero no perderme, porque, aunque esté muy bien posicionado - en estos momentos, me hallo alojado en Villanueva de la Torre -, la zona en cuestión, por lo que se me ha dicho, no está muy bien señalizada y es de difícil acceso; además, que parece ser una especie de punto que lugareños de esta comarca, por el motivo que sea, buscan evitar. El dueño de la pensión, desde luego, me lo dejó bien claro: "¡¿Lobera del Arroyo?! ¿A qué vas tú ahí? Allá sólo vas a encontrar una población casi fantasmal; no merece la pena ir..." Si el buen hombre supiera que no tengo más remedio... Pero bueno, Dios mediante, mañana estoy zanjando este asunto. Por hoy, cierro ya el informe. 

23 de agosto. Me he levantado bien pronto para preparar todas las cosas... Y después de un rápido y fugaz desayuno, he puesto rumbo hacia Lobera del Arroyo. Para no perderme, he solicitado de algunos locales, indicaciones. De todas formas, y para curarme en salud, de Villanueva de la Torre, opté por dirigirme hacia Quer: así habría más posibilidades de que el trayecto fuese lo más directo posible. Estando en tal población, me topé con un amable anciano; y evidentemente, sabía que si le preguntaba, la información que me daría sería la más precisa: "¡¿Lobera del Arroyo?! Sí, sí. Sé dónde queda eso, hijo", me dijo ciertamente entusiasmado. "Mis abuelos eran de esa población que me dices", me comentó; "pero te voy a decir una cosa: mi familia se fue de ese lugar, huyendo de un mal que lo amenazaba y asolaba..." Ahí quedé extrañado, pero teniendo conocimiento de la Historia de este país, sugerí la posibilidad de que tal huída estuviese relacionada con hechos de la Guerra Civil - o algún que otro evento que desconozco, pero que fuera en la misma línea -: "Uyyy, hijo... Me temo que los hechos bélicos de los que me hablas no son tal mal; es más, en la guerra, tanto un bando como otro, evitaban pasar por Lobera del Arroyo", me dijo el anciano con una voz en la que se percibía tormento.

Ya con lo que el anciano me había dicho, me picaba la curiosidad y le pregunté... "Mira, hijo, saber, no sé mucho; pero mis padres contaban en algunas ocasiones que mis abuelos hablaban de un tal 'selenófago' o algo por el estilo; y siempre que lo hacían, asociaban al mismo todo el mal que azotó a la población de Lobera del Arroyo", me comentó invadido por una sensación parecida a la nostalgia, pero de la que se desprendía un sentimiento de horror. Ahí, en ese punto, continuamos hablando un buen rato sobre otro tipo de cuestiones para evitar herir sensibilidades, y ya, a punto de finalizar nuestra conversación, le pedí nuevamente las señas para poder llegar desde Quer hasta aquel lugar; me despedí de él, dándole las gracias; y a ello, me respondió diciendo lo siguiente: "Dios te guarde, hijo. Dios te guarde: aquellas tierras son muy duras..."

Poniendo de nuevo rumbo hacia Lobera del Arroyo, pude comprobar que lo que se me dijo en Villanueva de la Torre era cierto: los caminos para poder llegar a tal población no están bien señalizados, así como tampoco se encuentran arreglados: son puro campo y caminos de tierra. Después de dos horas y media, y acercándose ya el mediodía, encontré un enorme letrero con el topónimo del pueblo, que indicaba la llegada al mismo de la siguiente manera: "Sea bienvenido a Lobera del Arroyo". Este curioso hecho me sorprendió, y mucho, la verdad, ya que, por una parte, no se trataba de la cartelería típica de las señalizaciones de carretera - ésta era un conjunto de tablones de madera, con tales palabras grabadas -; y por la otra parte, resultaba llamativo el hecho de que a pesar de hallarse ahí el cartel, aún no se avistaba población alguna, pero sí una casa, que por su ruinoso estado, parecía encontrarse abandonada, y bien abandonada...

Siendo nuevamente presa de la curiosidad, decidí entrar, ya que quizás pudiese hallar ahí dentro algo que fuese interesante de cara a mi investigación; no sé, algo como una carta de un lugareño, artesanía local o fotografías que mostraran cómo era o es la vida en ese pueblo... Al tratar de entrar, encontré que la puerta, si bien se hallaba algo atorada, estaba total y completamente libre de mecanismos para dejarla cerrada; la verdad, me esperaba tener que forzarla, aunque, bueno, al menos, y de esta forma, no iban a ser necesarios más esfuerzos para poder adentrarme en el edificio.

Estando ya dentro, me encontré con una casa que lejos de ser la poca cosa que aparentaba por fuera, resultaba casi una mansión. Por lo menos, el zaguán, y la entrada se me hacían enormes. Quedé ciertamente fascinado: estaba acostumbrado a las casas rurales de España, pero ésta me sorprendía, y mucho. Tras un buen rato fijándome en los elementos que decoraban estas partes de la casa - muy propios todos ellos del hogar de un cazador - , decidí proseguir; y me adentré en un largo pasillo, que parecía no tener fin... Después de caminar un ratillo por esa galería adornada con alguna que otra pata de conejo y fotografías de los paisajes de alrededor, llegué a una especie de comedor, donde encontré un amplio espacio que me dejó aún más sorprendido de lo que estaba ya.

En el mismo, lo pude ver bien: me percaté de que a pesar de que por fuera, la casa parecía abandonada, las cosas que ahí se hallaban estaban todas en muy, muy buen estado; me esperaba de hecho, que el lugar fuese polvoriento, y que en el mismo, abundasen telarañas, y algunos insectos; pero no, el sitio se hallaba recogido, limpio, y hasta parecía que aún seguía siendo habitado... Aproveché ese instante, procurando contener mi emoción causada por la sorpresa, y me puse a revisar y repasar todos los detalles de la estancia: pude ver más elementos vinculados al mundo de la caza, y también alguna que otra fotografía; pero esta vez, lo que en las mismas se podía apreciar, no eran paisajes campestres: se apreciaba lo que es un pueblo típico de la zona, pero que me era desconocido (había de ser sí o sí, Lobera del Arroyo); y también se podía observar a algunos lugareños, así como momentos de su vida cotidiana.

"Le parecen interesantes los paisajes de mi pueblo, ¿verdad?" Al oír tales palabras, me giré bruscamente, y ahí, en la estancia, me sorprendió, asustándome, la presencia de un hombre al que no esperaba encontrar en esa casa. "¿Acaso no le enseñaron sus padres que, antes de entrar a una casa, se ha de llamar?", me dijo aquel hombre con un tono serio y seco... Le estuve explicando, y pareció comprenderme: "vaya, vaya. Así que tiene interés en nuestra población..." Y mientras decía eso, se acercaba a una zona con mayor iluminación; ahí pude ver mejor su rostro y rasgos... Aquel hombre era ciertamente extraño: de ropas un tanto desfasadas - incluso para la gente del entorno rural de hoy día -; y además de alopecia , mostraba una palidez casi inhumana; su rostro era afilado, aunque por otra parte, los rasgos de su cara eran los propios de un hombre curtido - por las labores del campo, imagino -; y lo más llamativo, quizás, sus ojos, de un color verde azulado, pero brillantes, muy brillantes... 

"Y, me pregunto, forastero, ¿puede saberse qué busca en Lobera del Arroyo? Aquí no hay nada especial... Al menos, a primera vista", me decía mientras en sus labios se iba esbozando una escalofriante sonrisa. La situación se complicaba, ya que estando desempeñando yo unas labores de investigación que son alto secreto, lo suyo es que soltara una mentira: "estoy haciendo un reportaje sobre la España rural más desconocida", le dije. "¡Qué interesante, caballero! Entonces, y en tal caso, nuestra población tiene mucho que ofrecer en cuanto a ese respecto: por aquí se ha vivido de forma muy intensa la Historia de España, aunque no lo crea", me respondió. "Por cierto, me llamo Charles", le dije (por supuesto, siguiendo con mi mentira: era descabellado decirle cuál es mi verdadero nombre). "Oh, Señor Dios Todopoderoso, o sea que usted es inglés; pues eso es bien interesante, sí", me comentaba mientras me invitaba a sentarme en uno de sus sillones; "yo, buen caballero de tierras británicas, soy Lorenzo, Lorenzo Vélez de la Sierra, para servir..."

La verdad, me sorprendió el nivel de educación y la sofisticación del castellano de ese hombre, pues no es lo típico en las gentes rurales. "Mucho gusto entonces, don Lorenzo", contesté, para seguir conversando con él, y poder así seguir obteniendo información. Él se quedó callado, mirándome con una sonrisa de oreja a oreja, como esperando a que le interrogara; parecía mostrar mucho interés en cuanto a mi curiosidad: "¿me puede decir usted por qué, a pesar de hallarnos ya en Lobera del Arroyo, aún no se avista ningún pueblo por los alrededores?", le pregunté. "Ah, bueno, es que ustedes, los ingleses no entienden; y más con esa vida urbana que muchos me llevan", me contestó. Ante tales declaraciones, un escalofrío recorrió mi cuerpo: el hecho de haberse referido a la vida urbana hizo que me figurara que de alguna forma, este hombre se olía o sabía de dónde venía. "¿Sabe usted, don Lorenzo, que vengo de una ciudad?", le pregunté; "sí. Lo sé, estimado señor; y sé exactamente qué ciudad es: Liverpool", me contestó. Eso me dejó helado...

Él seguía mirándome, con esa gran sonrisa, a través de la cual iba paulatinamente dejando entrever unos dientes muy, muy blancos; y sus ojos, al mismo tiempo, se quedaban fijos, clavándose en mi persona. "Tranquilícese, señor Charles... Tranquilícese. Las gentes de pueblo, aunque usted pueda pensar lo contrario, somos personas de cultura; y además, tenemos un 'sexto sentido', por lo que nuestras afirmaciones certeras no son nada del otro mundo". Evidentemente, con tales palabras, más que tranquilo, me ponía aún más nervioso; algo me decía que había una cosa, un detalle que no se encontraba bien, pero al mismo tiempo, la curiosidad me podía, y me podía...

Llegado a ese punto, quise proseguir, y preguntarle sobre las cuestiones históricas en las que se vio envuelta Lobera del Arroyo, con el fin de calmar un poco los nervios y ver también si este don Lorenzo era alguien de quien podía fiarme. "¿Pu-puede decirme en qué hechos históricos se vio involucrada Lobera del Arroyo?", le dije con voz temblorosa. "Avec plaisir!!!", me contestó con una perfecta pronunciación francesa. "Nuestro pueblo tiene unos orígenes que se remontan hasta tiempos pretéritos, anteriores éstos a los de los romanos incluso..." En ese punto, arrancó la charla de don Lorenzo; y se lo veía entusiasmado contándome todas y cada una de las cuestiones históricas en las que tomó parte su municipio; no obstante, me llamaba la atención cuán rápido me las resumía, es decir, se notaba que eran momentos y episodios históricos de mucho y muy denso contenido, pero... la forma en que los resumía era cuando menos, curiosa.

Su dinámica en lo que a la transmisión de tales cuestiones se refiere mudó drásticamente cuando empezó a hablarme de la Guerra de Sucesión Española. Ahí comenzó a darme una visión más detallada de los hechos; o al menos, parecía que esa parte de la Historia de España le interesaba mucho más que las otras. Me dijo: "y fíjate en el hecho de que los habitantes de por aquel entonces de Lobera del Arroyo tenían muy clara su postura de lealtad a los Austrias; desde luego, un extraordinario hecho para una población tan pequeña como la nuestra, pero... Tan mala apuesta acabó con unos resultados igual de malos o peores que la misma apuesta: las gentes de por acá, no fueron muy visionarias, que digamos". Ante ello, sugerí: "¿fueron duramente represaliados por los Borbones?", a lo cual contestó: "así es". "Desde entonces,"- prosiguió -"Lobera del Arroyo quiso desentenderse de cualquier otro conflicto que hubiera, mas los destinos de la Historia le tenían reservada a esta humilde población otra dura prueba..."

La verdad, su modo de contar las cosas me fascinaba. Me fascinó tanto que ni siquiera me percataba del pasar del tiempo... "El peor episodio fue el del Desastre del 98, ya que muchos de los lobereños fueron llamados a filas para lidiar en Filipinas, y aquello terminó en desgracia..." Ahora la forma en la que me lo describía todo era mucho más intensa, si cabía; y don Lorenzo lo lamentaba tanto como si lo hubiera vivido en sus propias carnes. "Tan desolado quedó el pueblo, tan desgraciado fue su destino que ni siquiera la última de las grandes desgracias bélicas vividas en nuestro suelo se atrevió a materializarse por aquí; la desgracia nos acompañó siempre, estimado amigo".

Mis iniciales nervios, que se vieron calmados por el entusiasmo de don Lorenzo, acabaron transformados en un sentimiento de pena y tristeza que me llevó a empatizar mucho con ese hombre que, al parecer, había heredado el sufrimiento y había sido también víctima del dolor que estas tierras presenciaron. "Entonces, ¿eso explica la reducción drástica de la población?", le pregunté invadido por aquellos sentimientos y por cierta frustración, ya que no distaba mucho de lo que los expertos afirmaban sobre Lobera del Arroyo. "Sí. Podría decirse", me respondió; "aunque"- añadió-"cabría también considerar que hubo personas que abandonaron estos lares para irse a otros, y también el hecho de que cada vez, menguaban las familias y los matrimonios, que acabaron desapareciendo por la muerte, por las enfermedades y por desapariciones que no fueron resueltas". Lo que me decía, por lo menos, era novedoso; y no caía en las simplificaciones que aquellos expertos daban.

En esos momentos, y de forma repentina, recordé lo que aquel amable anciano de Quer me había dicho, y procedí a preguntar a don Lorenzo para ver qué podía decirme al respecto: "oiga, don Lorenzo, ¿y sabe usted qué es eso del selenófago?" Echó a reír. "Ja, ja, ja. Me temo que le han contado acerca de aquellas milongas a las que recurrían las pobres mujeres de por acá para 'explicar' por qué nos azotaban tanto los males". "Entiendo, entiendo", le dije. Y justo, en ese momento, reparé en mi reloj para saber qué hora era: ¡las 23:35! Había estado todo el día sin parar con aquel hombre.

"Las horas se pasan volando", me dijo; "si quiere, y en lo que está haciendo su reportaje, puede permanecer en ésta, mi humilde morada; no tengo mucho que ofrecer, además del alojamiento, pero vaya, que es la mejor forma que tengo de recompensarle por esta grandiosa y entretenida tarde que ha sido posible gracias a su presencia". Agradecí ese gesto suyo de humildad, y acto seguido, procedí a atender sus indicaciones, que me llevaron hacia el que iba a ser mi cuarto esa noche: la estancia que encontré se hallaba igual de impecable y limpia que el comedor en el que me había entretenido con don Lorenzo.

Procedí a preparar las cosas para el día de mañana, y a recogerme en la cama. Una vez en el lecho, apagué las luces, y quedé tumbado en una postura con la que me hallaba mirando a la ventana. Ahí me percaté de dos poderosos puntos de luz: me imaginé que eran la luz de la luna - estábamos en un período de luna llena - y del pueblo que, si bien no se avistaba a plena luz del día, delataba su presencia con luces nocturnas. Mientras miraba a esos dos puntos, me quedé pensando en lo que había sucedido ese día, y en lo extraño que había sido todo... 

24 de agosto. No sé por qué, pero a pesar de haber dormido... La sensación... Es extraña. Pareciera, no descansé correctamente. Tengo un dolor generalizado en todo el cuerpo. Pero bueno, lo que procede ahora es ir preparando las cosas para saber más acerca del pueblo. Tomando ahí, en ese punto, mis ropas, me percaté de que había una nota, la cual era de don Lorenzo; me decía lo siguiente: "estimado forastero, espero, haya descansado muy bien en mi habitación de invitados; creo yo que al menos, así fue por lo que pude ver..." Esas palabras me dejaron extrañado, la verdad, porque cuando yo me metí en la habitación, él se dirigió hacia otro cuarto - el suyo, supongo -; pero bueno, imagino que es su forma de expresarse. 

La nota continuaba así: "hoy no me encontrará en mi casa, ya que he de salir a realizar unos quehaceres (la caza, y eso...); pero bueno, no le importará, ya que usted hoy tiene pensado ir al pueblo a investigar, ¿no? Le dejo aquí unas indicaciones para que pueda llegar bien". Y en efecto, su mensaje finalizaba con una serie de anotaciones para poder llegar con mi coche al pueblo desde su casa... Así las cosas, preparé todo, y me dispuse a hacer, pues, lo que tenía pensado para ese día; tomé mi coche, y siguiendo las indicaciones de don Lorenzo, me presenté en el pueblo.

Al llegar, me encontré con un lugar verdaderamente desértico. El dueño de aquella pensión de Villanueva de la Torre tenía razón: es un sitio prácticamente fantasmal. No había ni un alma. Me figuraba que era por el calor, pero... ¡No! Literalmente, el lugar se hallaba vacío. Fui de casa en casa, y me encontraba hogares  totalmente vacíos: al igual que la casa de don Lorenzo, las puertas no presentaban o no disponían de mecanismos para tenerlas cerradas; y así podía entrar en todas ellas sin problema alguno, pero para mayor frustración mía con cada casa que encontraba.

El contraste de todas ellas con respecto a la de don Lorenzo era, cuando menos, curioso: por fuera, todas ellas parecían íntegras; pero por dentro, estaba todo tirado por el suelo o destrozado, parecían en definitiva, pocilgas. Ver todo eso constantemente, y con tanto calor, hacía que me fatigara y decepcionara cada vez más y más; llegó un punto en el que casi me desmayo. De repente, y para mi sorpresa, apareció una persona; era una señora mayor que me vio en ese estado, y que no dudó en invitarme a un fresquito gazpacho en su casa: "ven, hijo mío, que con la calo' que está cayendo..." Se lo agradecía constantemente, y ella me decía: "no te preocupes, no te preocupes, que en habiendo gazpacho de sobra, to's podemos disfrutarlo".

Ya en su casa, pude quitarme todo ese calor acumulado; el gazpacho que esa santa mujer me ofreció me supo a gloria. Ahí, una vez calmada la sensación de calor, procedí a expresarle lo siguiente: "señora... ¡No sabe cuánto me ha alegrado encontrarme con usted! Por una parte, por el calor; y por la otra, porque es necesario para mi trabajo el poder entrevistarme con alguien del lugar". Ante ello, me preguntó con curiosidad: "¡ah!, ¡¿y a qué te dedicas, hijo mío?!" Le contesté: "estoy haciendo un reportaje sobre la Historia de Lobera del Arroyo". La mujer, aunque de achinados y arrugados ojos, al oírme, los abrió de par en par, quedando con mirada de enorme interés: "¡¿en serio, hijo mío?! ¡Que Dios te bendiga! No sabe' cuánto he querío que arguien como tú viniera po' aquí; mi Eustaquio, el hombre, fue el último alcalde, y gracias a él aprendí toda la Historia de aquí, y creo que hay que contarla".

Arrancó así a contarme todo lo que sabía acerca de la Historia del pueblo. La verdad, no prestaba mucha atención, porque entre el calor que quería quitarme de encima con ese rico gazpacho y que gran parte de lo que me contaba se parecía a lo de don Lorenzo, no había mucho de lo que pudiera tomar nota; además, su lenguaje no era tan claro, me resultaba difícil entenderla, y bueno, también estaba por ahí la cuestión de que cuando no recordaba las cosas, me decía: "es que me se han olvidao muchas cosas, hijo mío. La eda', la eda' y eso". Todo parecía igual, hasta que llegó al punto de la Guerra de Sucesión española: ahí la señora demostró un dominio parecido al de don Lorenzo, si bien lo que me contó vino a ser lo mismo; pero luego, con lo del Desastre del 98, la cosa cambió: "Verás,"- me decía -"lo' lobereño' fueron siempre mu' aguerridos, y en el momento de lo de Filipinas quisieron sacar ese ardor guerrero que llevaban en sus adentros: de entre todos ellos, había un muchacho, que era el hijo del alcalde de por aquel entonces, un tal 'de la Sierra' o algo así".

Cuando escuché a la mujer decir ese apellido, mi cerebro hizo que estuviera alerta, pues el mismo no era nada más y nada menos que el segundo de don Lorenzo; y ahí, claro, me figuré que ese alcalde hubo de uno de sus ancestros. "El caso"- dijo ella- "es que en aquel entonce', predominaba la idea de que habían hechos pasados que redimir, y que Filipinas fuere la gran oportunidad para ello; porque así se iba a demostrar el valor de lo' lobereño' pa' la guerra. Y ahí, el muchacho del alcalde estaba mu' metío con ese espíritu: era uno más de lo' que querían un puesto de bien para el pueblo..." Ahí, mientras quedaba en silencio, le pregunté: "¡¿y se puede saber qué le ocurrió al joven?!" Me respondió secamente: "murió. Y su padre nunca se lo perdonó al pueblo; juró venganza, y la consiguió".

Quedé extrañado. ¿El alcalde creía que el pueblo tenía la culpa de la muerte de su hijo? La mujer siguió contándome: "a ese alcalde, por lo visto, no le gustaban las guerras; sus ancestro', a diferencia de los der resto de habitantes del pueblo, nunca se mostraron favorables a ningún bando: ni en la Guerra de Sucesión, ni en la Guerra de la Independencia... Fue gente tranquila. Siempre. Pero su hijo, se viró hacia la rebeldía porque el resto de chavale' del pueblo tenían esas ideas... Y ahí el alcalde, harto de lo que hizo el pueblo, llamó a unos señores; y esos señores, que parecían monjes, monjes como los nuestro', los católicos, pero que no eran de los nuestro', llamaron al senelófagos ese..."

La verdad, alucinaba con las historias de esta mujer... Pero bueno, ya me dijo don Lorenzo que era el recurso preferido por los lugareños para dar explicación a las desgracias del pueblo. "Consiguió su venganza, hijo,"- prosiguió- "pero a un precio mu' caro, mu' caro: desaparecieron muchos, y él también; y desde entonce', 'tamos en la miseria... Ya nada ni nadie fincan en nuestras tierras". Con aquella frase, me estremecí; y movido por la curiosidad, pregunté: "señora, ¿a qué se refiere con eso último?" Me contestó: "hijo, yo soy la última lobereña que queda aquí: antes estaba mi marido también, pero desapareció y no volví a saber de él, y me temo lo peor..." Escuchar aquello me llenó de honda tristeza, pero claro, también tenía que saber si la señora era consciente de la existencia de su vecino de las afueras, y al preguntarle, me dio la siguiente respuesta: "la verdad, hijo, no sé de quién me habla': aquí estoy yo sola. Lo único que te pue'o deci' es que ahí, en donde tú me dice', estaba la casa de ese alcalde: le gustaba mucho la caza, por lo visto; y le placía tener la casa má' en campo que en pueblo".

Con esa respuesta, quedé bien confuso. Pero bueno, tampoco sé hasta qué punto estaba tratándose de una de esas milongas de las que me hablaba don Lorenzo... En cualquier caso, la mujer me resultó un encanto, y decidí por su amabilidad y hospitalidad, que me quedaría a pasar la tarde con ella. Estuvo contándome muchas cosas sobre su marido, y sobre lo que era el día a día en el pueblo cuando solía haber actividad en otros tiempos. Fue una muy entretenida tarde, que se me pasó volando. Decidí que le solicitaría de nuevo a don Lorenzo estancia; a la mujer no se lo pedí, puesto que tampoco quería abusar de su confianza.

La noche era ya profunda, de una potente luna llena. Mi regreso a la casa de don Lorenzo había resultado ser mucho más complicado en comparación con la ida al pueblo, ya que me había perdido entre los caminos de tierra... Al llegar, me extrañé, puesto que estaba todo apagado; y ciertamente, se notaba todo muy tranquilo y calmado, por lo que supuse que a lo mejor, don Lorenzo se hallaba durmiendo. Sin embargo, tal suposición la descarté cuando escuché un fuerte golpe... Ahí decidí entrar en la casa, puesto que don Lorenzo podía haber sufrido una caída. Abrí la puerta, y me encontré ante esa espectacular entrada que daba al largo y casi interminable pasillo; pero esta vez, notaba una atmósfera diferente, como si la casa se hallara en un lamentable estado.

Al desconocer dónde se encontraban los interruptores para encender la luz, opté por sacar mi linterna, y alumbrar así la zona. Ahí, la sensación de diferente ambiente se materializaba: la casa en la que yo había estado hasta la mañana de ese día no era así... Pero bueno, no quise darle importancia, y me dispuse a ir hasta el comedor, por si allá se encontrara don Lorenzo; y al llegar, inicialmente, no vislumbre nada. Sin embargo, tras apuntar a varios sitios con la linterna, descubrí un charco de sangre, el cual seguí hasta que la luz que portaba dio con una abyecta, lampiña, esquelética y pálida criatura que estaba... ¡DEVORANDO A AQUELLA SEÑORA!

De repente, cesó con su festín, y levantó su cabeza, para fijar su mirada en mí: encontré así facciones y rasgos que, aunque deformados, por esa sonrisa de afilados y monstruosos dientes, me resultaban familiares; y también pude ver esos dos brillantes ojos, de color azul verdoso, cuya potencia en cuanto al reflejo de la luz, me recordó a esos puntos lumínicos que aprecié en la ventana. En ese momento, con profunda y horripilante voz, aquel ser me dijo: "¡al fin! ¡¡¡AL FIN!!! Mi venganza se ha completado. La luna llena que nos alumbra me ha permitido acabar con el sufrimiento que arrastraba desde tiempo atrás... ¡¡¡GRACIAS, HERMANOS DE LA LUZ!!! JA, JA, JA".

Y con la emisión de esa horrible carcajada, no dudé, y corrí hasta mi coche, el cual arranqué para regresar a tierra civilizada. No quería saber más nada de Lobera del Arroyo y de su horrible Historia...

Con el tiempo, me enteré de que tal punto en el mapa de la Península Ibérica, cayó en el olvido; y que ya nadie sabía a qué lugar te referías si es que preguntabas o llegabas a preguntar por él... Y por mi parte, al presentar yo este informe, encontré falta de creencia con respecto a mi testimonio; se me argumentó en los Servicios Británicos de Inteligencia que todo lo que yo contaba eran milongas... 

Sea como fuere, y tras esta experiencia, lo único que a mí me quedó claro es que hay relatos que parecen sensatos y de los que no te puedes fiar, y milongas que no lo son tanto... 

Y ésa es la historia de don Lorenzo, el selenófago.



                                     FIN

- Fénix.



                                                        

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